Academia Francmasónica Ecuatoriana

Aniversario de la Revolución Francesa

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Por Guillermo Fuchslocher

Houël, Jean-Pierre. (1789). Toma de la Bastilla.

Resumen: A 227 años de la Revolución Francesa este artículo trata en una primera parte sobre el lugar que ella tiene en la Historia, para lo cual realiza una recapitulación de los principales momentos y acciones que caracterizaron a la misma; aborda su comprensión desde una perspectiva global y con proyección de futuro; y destaca su importancia, no solo para Francia sino para el mundo entero, principalmente a través de sus ideas, constituyéndose en referente de las revoluciones; aborda también la razón y dialéctica de los procesos revolucionarios, lo que es aplicable para el análisis de otras revoluciones; su influencia ideológica, expresada en los liberalismos político, económico e ideológico, de los que derivan derechos y abusos; y su fundamento y consecuencias, que incluyen su relación con la revolución industrial, sus beneficiarios y el imperialismo; todo lo cual permite llegar a las enseñanzas que ella nos deja. En una segunda parte analiza la relación entre la Revolución Francesa y la Masonería desde una perspectiva amplia de los procesos revolucionarios y la actuación en ellos de sectores masónicos progresistas. En las conclusiones plantea el papel que podrían tener las logias respecto de los cambios necesarios que requieren las sociedades en la hora actual.

Quito, 14 de julio de 2016.

Han transcurrido 227 años desde que el pueblo de París tomó la Bastilla, interpretando con mucha mayor claridad en las calles lo que cinco días antes los representantes del Tercer Estado habían decidido al declararse Asamblea Nacional Constituyente: que el poder residía en el pueblo. Y con esto y con los acontecimientos sucedidos en Francia durante los siguientes diez años y sus repercusiones en todo el mundo, terminó una edad de la Historia, la Moderna, y comenzó una nueva, la Contemporánea, la cual sumó a la oscuridad que aún se arrastra del antiguo régimen, las sombras que trajo consigo lo que nuestro hermano Jaime Muñoz llama la decadencia de los principios de la Revolución, pero mantiene como luz radiante que ilumina el aún largo camino que debe recorrer la humanidad, el aporte de grandes pensadores que la precedieron, los importantes logros alcanzados y las aspiraciones inclaudicables de Libertad, Igualdad, Fraternidad, sobre todo ahora en que nuevamente el terror amenaza al mundo y a la misma Francia en su día mayor.

LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN LA HISTORIA

Son conocidos los hechos más destacados de la Revolución Francesa, iniciada con la toma de la prisión de la Bastilla el 14 de julio de 1789, desde la que los cañones de la monarquía apuntaban a los barrios populares; pasando por la eliminación de las instituciones del feudalismo y la injerencia de la religión en la vida pública; la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; la expedición de la primera Constitución francesa; la aprobación de legislación pro comercio y anti obrera; los trabajos y enfrentamientos en la Asamblea, de donde derivan los términos derecha, centro e izquierda, así como montaña y pantano más descriptivos para lo que hoy llamamos radicales e independientes; el papel de los clubes políticos, especialmente los girondinos, conformados por burgueses, los jacobinos en los que participaba la pequeña burguesía, y los cordeliers, que coaligaban sectores populares, entre ellos sans-culottes, clubes que servían para vigilar y coaccionar a los representantes a fin de que no se apartasen de lo que los sectores sociales que los habían elegido esperaban de ellos (lo que muchos partidos políticos han olvidado interesadamente); y luego la caída de la monarquía; la guerra contra la Revolución emprendida por las monarquías absolutistas de Prusia y Austria; la proclamación de la República; el establecimiento de un nuevo calendario que comenzó con el año 1 de la Revolución, en el 1792 del calendario gregoriano y se usó hasta 1805; la Convención y el Comité de Salvación Nacional; la ejecución de Luis XVI y de María Antonieta, la reina austriaca; el triunfo en la guerra y el inicio de otras guerras que enfrentaron a la Revolución con varias monarquías europeas coaligadas; la crisis económica; el Terror con su temible guillotina; la expedición de una nueva Constitución; y el Directorio, en un proceso que en pocos años ensayó distintas formas de gobierno. Hasta que llegó el fin con el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte, cuyo cargo de Cónsul solo disfrazó su carácter de dictador y degeneró en el de Emperador, transformando la República por la que se había derramado tanta sangre en una forma perfeccionada de monarquía, un Imperio, siguiendo el mismo proceso de la Roma clásica; para luego volver a manos de la vieja y caduca realeza y posteriormente sucederse una serie de avances y retrocesos. Pero pese a esto la transformación de la sociedad fue irreversible y las ideas revolucionarias se propagaron por todo el mundo, lo incendiaron cuando fue necesario y se establecieron instituciones trascendentales, utilizadas para beneficio de muchos o solo de pocos.

Pero en este trazado no entraré en el detalle de estos hechos, para centrarme en la comprensión del fenómeno global que constituyó la Revolución Francesa y en su proyección futura.

Importancia

El destacado historiador británico Eric Hobsbawm (1917-2012), resalta la importancia de la Revolución Francesa en estos términos:

“Entre 1789 y 1917 [es decir durante 128 años], las políticas europeas (y las de todo el mundo) lucharon ardorosamente en pro o en contra de los principios de 1789 o los más incendiarios todavía de 1793. Francia proporcionó el vocabulario y los programas de los partidos liberales, radicales y democráticos de la mayor parte del mundo. Francia ofreció el primer gran ejemplo, el concepto y el vocabulario del nacionalismo. Francia proporcionó los códigos legales, el modelo de organización científica y técnica y el sistema métrico decimal a muchísimos países. La ideología del mundo moderno penetró por primera vez en las antiguas civilizaciones, que hasta entonces habían resistido a las ideas europeas, a través de la influencia francesa. Esta fue la obra de la Revolución francesa.” (Hobsbawm, 2009, 61-62)

Y añade:

“La Revolución francesa puede no haber sido un fenómeno aislado, pero fue mucho más fundamental que cualquiera de sus contemporáneas y sus consecuencias fueron mucho más profundas. En primer lugar, sucedió en el más poderoso y populoso Estado europeo (excepto Rusia). En 1789, casi de cada cinco europeos, uno era francés. En segundo lugar, de todas las revoluciones que la precedieron y la siguieron fue la única revolución social de masas, e inconmensurablemente más radical que cualquier otro levantamiento. […] En tercer lugar, de todas las revoluciones contemporáneas, la francesa fue la única ecuménica. Sus ejércitos se pusieron en marcha para revolucionar al mundo, y sus ideas lo lograron. ” (Hobsbawm, 2009, 62-63)

Y nuestro hermano Jaime Muñoz señala como logros de esta Revolución la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, el laicismo, la soberanía popular, la separación de funciones del Estado, las repúblicas independientes, las monarquías constitucionales europeas y las naciones latinoamericanas. (Muñoz, 2010)

Por su parte nuestro hermano Gérard Delfau, del Gran Oriente de Francia, desde la perspectiva laicista, destaca su importancia en estos términos:

“…en unos pocos años, la Revolución francesa inventa la sociedad moderna: proclama la abolición de la realeza por derecho divino, crea el estado civil que sustituye a los registros parroquiales, autoriza el divorcio, pone fin al delito de blasfemia; y finalmente inventa el concepto de “separación” de la Iglesia y del Estado,” (Delfau, 2016)

Podemos decir que gracias a estos logros y por su propia dinámica, la Revolución Francesa se convirtió en prototipo de los cambios rápidos y radicales que cada cierto tiempo requiere la sociedad, modelo por antonomasia de revolución. Su estudio deja lecciones y genera reflexiones que tienen validez para contrastarlos o para adaptarlos a otras realidades y épocas; y sus instituciones, con sus virtudes, defectos y tergiversaciones, tienen vigencia actual o constituyen alternativas, porque, la Revolución Francesa aportó nuevos sistemas en los distintos campos del quehacer humano y ensayó las principales formas de gobierno generadas desde los hechos sociales. En suma, la Revolución Francesa es un referente permanente.

Pero, sobre todo, la Revolución Francesa tiene actualidad y futuro, porque algunos de sus logros también fueron alcanzados en otras partes del mundo y luego sufrieron retrocesos o fueron manipulados o tergiversados, por lo que no estará completa, y seguirá siendo referente, mientras no se alcance la libertad, la igualdad y la fraternidad del género humano.

Razón y dialéctica

En algunas partes de este trazado, pero especialmente en esta, sigo a Eric Hobsbawm, dada la claridad de su pensamiento. Él señala así la razón del triunfo de la Revolución Francesa:

“El absolutismo terminó cuando Mirabeau, brillante y desacreditado ex noble, dijo al rey: «Señor, sois un extraño en esta Asamblea y no tenéis derecho a hablar en ella».

“El tercer estado triunfó frente a la resistencia unida del rey y de los órdenes privilegiados, porque representaba no sólo los puntos de vista de una minoría educada y militante, sino los de otras fuerzas mucho más poderosas: los trabajadores pobres de las ciudades, especialmente de París, así como el campesinado revolucionario. Pero lo que transformó una limitada agitación reformista en verdadera revolución fue el hecho de que la convocatoria de los Estados Generales coincidiera con una profunda crisis económica y social.

“[…] En circunstancias normales esta situación no hubiera pasado de provocar algunos tumultos. Pero en 1788 y en 1789, una mayor convulsión en el reino, una campaña de propaganda electoral, daba a la desesperación del pueblo una perspectiva política al introducir en sus mentes la tremenda y trascendental idea de liberarse de la opresión y de la tiranía de los ricos. Un pueblo encrespado respaldaba a los diputados del tercer estado.” (Hobsbawm, 2009, 68-69)

Es decir, lo que Marx llamó las condiciones objetivas y subjetivas, las que en el caso de la Revolución Francesa se pueden apreciar con toda claridad.

Pero, además Hobsbawm expone lo que podríamos llamar la dialéctica de la Revolución Francesa, la que también lo es de otras revoluciones. Él nos dice:

“… la forma principal de la política burguesa revolucionaria francesa —y de las subsiguientes de otros países— ya era claramente apreciable. Esta dramática danza dialéctica iba a dominar a las generaciones futuras. Una y otra vez veremos a los reformistas moderados de la clase media movilizar a las masas contra la tenaz resistencia de la contrarrevolución. Veremos a las masas pujando más allá de las intenciones de los moderados por su propia revolución social, y a los moderados escindiéndose a su vez en un grupo conservador que hace causa común con los reaccionarios, y un ala izquierda decidida a proseguir adelante en sus primitivos ideales de moderación con ayuda de las masas, aun a riesgo de perder el control sobre ellas. Y así sucesivamente, a través de repeticiones y variaciones del patrón de resistencia — movilización de masas— giro a la izquierda —ruptura entre los moderados —giro a la derecha—, hasta que el grueso de la clase media se pasa al campo conservador o es derrotado por la revolución social. En muchas revoluciones burguesas subsiguientes, los liberales moderados fueron obligados a retroceder o a pasarse al campo conservador apenas iniciadas. Por ello, en el siglo xix encontramos que (sobre todo en Alemania) esos liberales se sienten poco inclinados a iniciar revoluciones por miedo a sus incalculables consecuencias, y prefieren llegar a un compromiso con el rey y con la aristocracia. La peculiaridad de la Revolución francesa es que una parte de la clase media liberal estaba preparada para permanecer revolucionaria hasta el final sin alterar su postura: la formaban los «jacobinos», cuyo nombre se dará en todas partes a los partidarios de la «revolución radical».

“¿Por qué? Desde luego, en parte, porque la burguesía francesa no tenía todavía, como los liberales posteriores, el terrible recuerdo de la Revolución francesa para atemorizarla.” (Hobsbawm, 2009, 70)

Sí, en efecto, la Revolución Francesa también brindó para la posteridad el recuerdo del Terror y la guillotina y ellos han sido el más firme soporte de la política del miedo, a veces tan eficaz para impedir los cambios necesarios.

Influencia ideológica

Pero, además la Revolución Francesa es importante como referente histórico fundamental del mundo actual porque ella dio como resultado la propagación y aplicación de los principios del liberalismo político, del liberalismo ideológico y del liberalismo económico, los cuales tienen en común un elemento positivo fundamental, el ideal de libertad, el que se expresa en derechos: derechos políticos, derechos ideológicos, derechos económicos.

Pero en el desarrollo de los acontecimientos históricos, estos liberalismos y derechos se han manifestado a través de fuerzas o instituciones que han tenido trascendental importancia en el mundo, en mayor o menor medida, para el progreso y el retroceso del desarrollo social. Del liberalismo político surgieron los sistemas de gobierno representativo, el liberalismo ideológico se expresó como laicidad y también como librepensamiento y el liberalismo económico ha constituido la base doctrinaria del capitalismo.

Lo grave es que mientras los gobiernos representativos y la laicidad forman parte de lo que el marxismo llama la superestructura jurídico política e ideológica, el capitalismo constituye la base, la infraestructura económica, sobre la cual se levanta dicha superestructura, y por tanto tiene carácter dominante, poniendo todo lo demás a su servicio, incluso corrompiendo los principios al supeditarlos a los intereses económicos, de manera tal que gobiernos representativos y laicidad han sido anulados en gran medida, los primeros mediante un marketing que convierte las elecciones en un mercado del voto y el teórico mandato de los ciudadanos es en realidad el de los financistas y plutócratas, y la segunda a través del control de la conciencias, para lo cual volvió a utilizar los tradicionales y efectivos métodos de las religiones y luego, cuanto los modernos mecanismos tecnológicos de la comunicación de masas lo permitieron, desató la globalización cultural.

Fundamento y consecuencia

La Revolución Francesa implicó un cambio de época determinado por la trasformación de la realidad económica, la cual en un largo proceso evolucionó desde los modos de producción feudales hasta los del cada vez más vigoroso capitalismo, el cual utilizó medios tecnológicos nuevos y desarrolló formas de producción diferentes, a cargo de una clase social que surgió y creció paulatinamente, y que propugnó no solo el fin de las antiguas formas de producción, de trabajo y de intercambio, sino de las instituciones, normas y estructura social que trababan su desarrollo e impedían obtener todo el beneficio que podía sacar de ello, lo que estuvo íntimamente vinculado con concepciones filosóficas que sentaron las bases de unas nuevas organización social y forma de gobierno en reemplazo de las anteriores.

Pero este no fue un fenómeno exclusivamente francés sino que estuvo imbricado con un desarrollo más amplio en el que jugó un papel trascendental tanto la revolución industrial, que se manifestó primordialmente en Inglaterra, que es la que dinamizó el cambio en la infraestructura económica de la sociedad y requirió transformaciones en la superestructura ideológica, jurídica y política, cuanto la independencia de los Estados Unidos de América, que sobre la base de una nueva sociedad de naturaleza burguesa, pequeño burguesa y capitalista, se adelantó a aplicar las concepciones filosófico políticas que se habían desarrollado especialmente en Francia y el Reino Unido.

Pero la imbricación de estos procesos ha sido apreciada más por sus resultados, como lo señala Débvig Mollès (2015) al apuntar que “Todas las naciones modernas se autoconstituyeron a partir de experiencias fundadoras como la Revolución inglesa (1689), la Revolución francesa (1789) y las Independencias americanas.” (21) aunque ellas responden a un proceso amplio, pues “El período histórico iniciado con la construcción de la primera fábrica del mundo moderno en Lancashire y la Revolución francesa de 1789 termina con la construcción de su primera red ferroviaria y la publicación del Manifiesto comunista.” (Hobsbawm, 2009, 12)

Por esto, si bien Hobsbawm (2009) tiene claro el impacto mundial de este proceso y período revolucionario, precisa el ámbito central y los beneficiarios del mismo, al mencionar que:

“La gran revolución de 1789-1848 fue el triunfo no de la «industria» como tal, sino de la industria «capitalista»; no de la libertad y la igualdad en general, sino de la «clase media» o sociedad «burguesa» y liberal; no de la «economía moderna», sino de las economías y estados en una región geográfica particular del mundo (parte de Europa y algunas regiones de Norteamérica), cuyo centro fueron los estados rivales de Gran Bretaña y Francia. La transformación de 1789-1848 está constituida sobre todo por el trastorno gemelo iniciado en ambos países y propagado en seguida al mundo entero.” (9)

Y añade respecto de esta doble revolución anglo francesa:

“Sin embargo, su consecuencia más importante para la historia universal fue el establecimiento del dominio del globo por parte de unos cuantos regímenes occidentales (especialmente por el británico) sin paralelo en la historia. Ante los mercaderes, las máquinas de vapor, los barcos y los cañones de Occidente —y también ante sus ideas—, los viejos imperios y civilizaciones del mundo se derrumbaban y capitulaban. (11)

Es decir, en términos más directos, junto con las ideas democráticas y liberales llegó el imperialismo.

Vistas las cosas en perspectiva histórica, los hechos siguieron su curso y tanto el pecado original del gobierno del pueblo sin el pueblo cuanto la perversión de los principios revolucionarios, asuntos de los que habla nuestro hermano Jaime Muñoz, fueron una consecuencia lógica de la interdependencia de las causas y logros de la Revolución Francesa y sus cambios ideológicos, políticos y jurídicos; y de la Revolución Industrial, y la gran transformación económica y social que ella produjo. A partir de ellas se desarrollaron con fuerza el capitalismo, la burguesía, el liberalismo, las libertades y los sistemas de gobierno representativo, y si bien esto trajo cambios en las ideas y en las instituciones que podemos considerar positivos, su lógica y dinámica interna tenían límites en sus alcances pero eran incontrolables en sus ambiciones, lo que llevó a que se disfrazaran de democracia los gobiernos plutocráticos y que se desatara el imperialismo, que lo iniciaron empresas capitalistas, y la depredación planetaria consustancial a un sistema cuya producción y consumo no se basan en necesidades y utilización de recursos limitados, sino en un afán de lucro incontrolable.

Enseñanza que deja

Entre las múltiples enseñanzas que pueden extraerse del proceso revolucionario francés, cabe resaltar que las nuevas propuestas políticas e ideológicas se asentaron y estuvieron en concordancia con cambios económicos en las formas productivas, llevados de la mano por una nueva clase emergente, y gestados, aunque sea a contracorriente, en el seno de la vieja sociedad.

Pero también, que como los intereses económicos prevalecen sobre los principios políticos e ideológicos y en gran medida los determinan, la clase emergente que en principio fue revolucionaria, al consolidarse en el poder devino en conservadora a fin de preservar las ventajas obtenidas.

En efecto, en la Revolución Francesa las entonces nuevas ideas de los liberalismos político e ideológico, estuvieron vinculadas a las ideas del liberalismo económico, porque éstas reflejaban el desarrollo de una nueva forma productiva, basada en la naciente empresa capitalista, y de una nueva clase social, la burguesía, gestándose todo esto en el propio seno del antiguo régimen feudal y mercantilista, absolutista y clerical.

Y estos elementos constituyen una especie de patrón a ser considerado para el análisis y comprensión de otros momentos históricos en que se han producido transformaciones de importancia, pero también para identificar aquellos que pese a su validez política o histórica no supusieron cambios esenciales. Y por tanto, también sirven como guía comparativa de otros procesos transformadores.

Por tanto, no podemos disociar los distintos componentes del hecho revolucionario ni desconocer sus relaciones.

REVOLUCIÓN FRANCESA Y MASONERÍA

Dentro del proceso revolucionario francés es importante conocer el papel desempeñado por la masonería, más allá de mitos y leyendas, una masonería que pese a todo se demostró policlasista, lo que significa que desde el siglo XVIII hasta nuestros días quienes han integrado las organizaciones masónicas han pertenecido a los sectores dominantes, a los sectores medios, y también, aunque pocos, a los sectores populares.

Muchas logias masónicas del siglo XVIII jugaron un papel fundamental en la difusión amplia de las ideas de la Ilustración, las cuales influyeron en los más importantes logros y legados de la Revolución Francesa. Y desde la perspectiva masónica uno de los elementos fundamentales fue el laicismo, patrimonio masónico y republicano.

Dévrig Mollés (2015) señala al respecto que:

“… Immanuel Kant definió la Ilustración como una era de racionalización de la vida social marcada por la separación entre la esfera pública y la esfera privada. Desde su fundación en el siglo XVIII, la masonería había emprendido este camino inventado el moderno principio de la laicidad, creando un espacio laico basado en un contrato social igualitario.” (16).

Aclara que:

“Bajo las luces … de la Ilustración, las sociedades civiles se formaban y fluctuaban, dibujando los contornos de una esfera pública autónoma de los marcos religiosos, corporativos y políticos tradicionales. Estructuralmente, la vida pública se transformaba. La masonería fue un producto y un agente de esta transformación estructural.”. (72)

Y considera, citando a Marasco, que:

“Ni antigua, ni medieval, ni caballeresca, ni templaria, la masonería fue hija del Siglo de las Luces, de la Ilustración, de la revolución cultural y científica que marcó el siglo XVIII.” (52)

Por su parte Eric Hobsbawm (2009) puntualiza quiénes hicieron la Revolución Francesa y menciona el rol desempeñado por la francmasonería:

“La Revolución francesa no fue hecha o dirigida por un partido o movimiento en el sentido moderno, ni por unos hombres que trataran de llevar a la práctica un programa sistemático. Incluso sería difícil encontrar en ella líderes de la clase a que nos han acostumbrado las revoluciones del siglo xx, hasta la figura posrevolucionaria de Napoleón. No obstante, un sorprendente consenso de ideas entre un grupo social coherente dio unidad efectiva al movimiento revolucionario. Este grupo era la «burguesía»; sus ideas eran las del liberalismo clásico formulado por los «filósofos» y los «economistas» y propagado por la francmasonería y otras asociaciones. En este sentido, «los filósofos» pueden ser considerados en justicia los responsables de la revolución. Ésta también hubiera estallado sin ellos; pero probablemente fueron ellos los que establecieron la diferencia entre una simple quiebra de un viejo régimen y la efectiva y rápida sustitución por otro nuevo.” (66-67)

Y añade:

“En su forma más general, la ideología de 1789 era la masónica…” (67)

Y nuestro hermano Pedro Saad Herrería (1985) en un análisis que realiza al respecto precisa:

“… La Revolución Francesa puede estimarse como algo generado por la Francmasonería pero no fue “obra masónica” en su accionar práctico, sino todo lo más “obra de algunos HH:. MM:. actuando profanamente en el mundo profano”, sin que tal acción tuviera un reflejo equivalente en el interior de la Orden.” (96)

Es más, nuestro hermano Pedro (1985) se preguntó:

“¿Cómo es posible imaginar que en un período de supuesta “gran operatividad”, la operación de las logias disminuya en lugar de crecer? […] ante un proceso de franca disolución precisamente en el instante en que, según todos los criterios, la Orden debía hallarse floreciendo.

“¿Cómo entender esto?

“Y entenderlo es mucho más que un hecho académico, pues de cara hacia el futuro de operatividad que reclamamos nos es indispensable comprenderlo, porque él se repite, casi idénticamente, luego de la emancipación latinoamericana (“obra masónica”) y del auge liberal-masónico de fines del siglo XIX”. (94-95)

Sin duda Pedro “puso el dedo en la llaga”, pero lo más importante es que anotó las causas masónicas internas que, en su criterio, originaron esta situación:

“1.- El crecimiento tuvo un carácter meramente cuantitativo, lo cual fue visto a la época como algo intrínsecamente bueno, pero que probó ser lo contrario. Más logias no quieren decir mejores logias;

“2.- La Francmasonería surgió como una élite intelectual, que pudo engendrar un proceso; pero, al descender de nivel cualitativo, no pudo liderar el proceso que habia desatado;

“3.- Al privilegiar los aspectos cuantitativos del crecimiento, el rigor al admitir nuevos miembros y al otorgar grados y responsabilidades se perdió, pretendiendo convertir a la Orden en la masa del proceso y no en su vanguardia:

“4.- Las presiones de una “operatividad” política llevada a la coyuntura hicieron crecer los principios exotéricos, en desmedro de los valores esotéricos, inherentes al carácter iniciático de la Orden;

“5.- El mal comprendido carácter policlasista de la Orden condujo a trasladar los valores profanos al interior, otorgando grados y cargos en función social o intelectual (exotérica-profana) y no de acuerdo con los principios (esotérico-iniciáticos) de la Orden. Un H:. M:. más culto o más poderoso socialmente no es automáticamente un mejor Masón;

“6.- Haber permitido que afectaran a la Orden los acontecimientos de la coyuntura política permitió que las diferencias partidistas de los HH:. resquebrajaran la unidad de la Orden; y

“7.- La pluralidad clasista extrema, reflejada en multiplicidad partidista extrema, se expresó en multiplicidad ritual, convirtiendo alegremente lo exotérico en esotérico y anulando precisamente aquello que se pretendía animar: la operatividad de la Orden. (Saad, 1985, 95-96)

Estas opiniones de nuestro hermano Pedro Saad se refieren a criterios internos que suelen reiterarse, como que la calidad debe primar sobre la cantidad, lo cual en la práctica no se manifiesta dónde debe plasmarse: en la docencia; también a aspectos que se ocultan, como las preferencias por razones de méritos “profanos” para que ciertas carreras masónicas fluyan con mucha mayor rapidez que la normal; y otros que constituyen temas “tabú”, como el carácter policlasista de las logias masónicas, que en realidad encubre la preferencia por las élites sociales y la exclusión de los sectores populares, recurriendo a cualquier pretexto, aspecto este último al que Pedro Saad (1985) se refirió puntualmente al tratar sobre la masonería francesa de la época revolucionaria y pos revolucionaria:

“Observamos que este policlasismo que permitió la hegemonía aristocrática fue llevando a la Orden a su obsolescencia.

“Pero no a toda la Orden. […] los HH:. proletarios sí estuvieron presentes en la rebelión de 1830, que encabezaron la de 1848, distribuyendo ese estremecedor “Manifiesto del Partido Comunista” que acababan de publicar dos exiliados alemanes, y aún estaban vivos y combatientes cuando el burgués Palou comprueba con horror que “se mezclaron más y más con la política, a tal punto que se vio a ciertos masones (de todas las Obediencias) manifestar en las calles de París con ocasión de la Comuna”.” (99-100)

Claro que Pedro, y sobre todo Palau, se quedaron cortos al referirse a la participación masónica en la Comuna de París de 1871. No fueron solo “ciertos masones”, ni su participación se limitó a “manifestar en las calles”, sino que ellos tuvieron una participación muy numerosa en el gobierno de la Comuna y fueron las logias parisinas las que participaron en el combate armado en las barricadas, en las que ondearon los pendones logiales. Y no fueron los de “ciertos masones”, sino los de muchos hermanos, los cadáveres que se amontonaron en Rue Cadet con sus insignias masónicas, según lo relata nuestro hermano Ricardo Fernández, en base a información del Gran Oriente de Francia. (Fernández, 2011)

Ellos estuvieron junto a los sectores tradicionalmente excluidos o utilizados como carne de cañón en todas las revoluciones, los que siempre ofrendan su vida y determinan los logros de avanzada. Se trata del pueblo organizado, el que en la Revolución Francesa estuvo representado por los sans-culottes, aquellos que deben su nombre “sin calzones” al hecho de que no usaban los apretados calzones cortos de finas telas preferidos entonces por los nobles, sino largos pantalones de paño. Hobsbawm dice de ellos:

“La única alternativa frente al radicalismo burgués (si exceptuamos pequeños grupos de ideólogos o militantes inermes cuando pierden el apoyo de las masas) eran los sans-culottes, un movimiento informe y principalmente urbano de pobres trabajadores, artesanos, tenderos, operarios, pequeños empresarios, etc. Los sans-culottes estaban organizados, sobre todo en las «secciones» de París y en los clubes políticos locales, y proporcionaban la principal fuerza de choque de la revolución: los manifestantes más ruidosos, los amotinados, los constructores de barricadas. A través de periodistas como Marat y Hében, a través de oradores locales, también formulaban una política, tras la cual existía una idea social apenas definida y contradictoria, en la que se combinaba el respeto a la pequeña propiedad con la más feroz hostilidad a los ricos, el trabajo garantizado por el gobierno, salarios y seguridad social para el pobre, en resumen, una extremada democracia igualitaria y libertaria, localizada y directa. En realidad, los sans-culottes eran una rama de esa importante y universal tendencia política que trata de expresar los intereses de la gran masa de «hombres pequeños» que existen entre los polos de la «burguesía» y del «proletariado», quizá a menudo más cerca de este que de aquélla, por ser en su mayor parte muy pobres. …” (Hobsbawm, 2009, 71)

Se trata del pueblo, siempre del pueblo, el que en muy poca cantidad ha llegado a las logias, porque éstas dieron preferencia a la aristocracia antes de la Revolución Francesa y a la burguesía después de ella, pero en cambio siempre estuvo presente para dar su fuerza, su lucha y su vida, para lograr transformaciones útiles o para respaldar luchas internas de los sectores privilegiados de la sociedad.

Sin embargo, miembros del pueblo llegaron a las logias, lo que es una práctica antigua (aunque en gran medida perdida en los tiempos presentes), como lo reseña nuestro hermano Víctor Guerra (2016) al exponer una investigación sobre logias obreras españolas de fines del siglo XIX, y especialmente el caso de la Logia “El Trabajo” de la localidad de Trubia, en la que participaban principalmente torneros, ajustadores y fresadores de un fábrica de armas, mayoritariamente de entre 20 y 30 años de edad, con probable militancia socialista, y cuyos nombres simbólicos reflejan, a decir del autor, “rebeldía y una lucha por la utopía y la libertad”, como Garibaldi, Marx, Víctor Hugo, Cristo, Lincoln. (10, 12. 16, 18, 22)

O como lo señala nuestro hermano Pedro Saad (1985) cuando menciona:

“… ya veremos, hacia mediados del siglo XIX, cómo la Francmasonería proletaria se da en el Ecuador, sobre todo en Guayaquil, alrededor del gremio de los carpinteros, que desempeñaban no sólo oficio de arquitectos, sino de armadores en los astilleros. Es perfectamente lógico, por tanto, que encontremos a la Sociedad de Carpinteros convertida en el centro del movimiento sindical hasta 1960, y al maestro Mayor de Carpinteros de Guayaquil, el Q:. H:. Juan María Martínez Coello, que fuera V:. M:. de la R:. L:. S:. “Filantropía del Guayas” y Primer Presidente de la Sociedad Filantrópica del Guayas, organismo para-masónico…”. (91).

CONCLUSIONES

Hoy enfrentamos a nivel mundial un nuevo sistema de dominación por parte de un imperialismo globalizado de base corporativa, basado en unas formas productivas de avanzado capitalismo y en un control ideológico que solo la literatura de ficción pudo anticipar.

Y a nivel nacional, es decir en la periferia dependiente, coexisten viejas y nuevas formas de producción, explotación y organización social, siendo el sector más golpeado por el sistema ese ejército industrial de reserva al que se refería El Capital, aunque ya no como soporte del crecimiento capitalista, sino más bien como resultado de su descomposición. Son los desempleados y sub empleados, principalmente bajo la forma de comerciantes informales, que no tienen posibilidad de empleo por parte de las empresas capitalistas, ni de constituir su reserva de fuerza de trabajo, por lo que se ven abocados a un bombardeo ideológico que los llama a convertirse en emprendedores, eufemismo de miserables con mentalidad de empresarios, pero sin ninguna posibilidad de ascenso social.

Paradójicamente la Revolución Francesa, que sirvió también para propagar el capitalismo, sigue siendo para esta realidad el referente de un proceso de cambio mucho más amplio, ocurrido en Europa y América entre el siglo XVIII y XIX y con repercusión mundial, en el que la transformación de los modos de producción y el triunfo de una clase social sobre la dominante hasta entonces, determinó también cambios políticos y culturales, proceso en el cual tuvo mucha importancia el aporte teórico de un grupo de filósofos ilustrados y el papel propagador de ideas y organizador social de una de las primeras formas asociativas de la sociedad civil que ha pervivido hasta nuestros días: las logias masónicas.

Pero el cambio que nos muestra la Revolución Francesa estuvo vinculado a una transformación más amplia, íntimamente vinculada a la revolución industrial, lo que nos enseña que les falta un elemento fundamental a las luchas políticas e ideológicas que solo se desarrollan en la superestructura, pues para que puedan generar un verdadero proceso de cambio estructural necesitan responder a la gestación, en el propio seno del sistema imperante, de unas nuevas formas productivas y consiguiente desarrollo de nuevos sectores sociales emergentes vinculados a las mismas. En suma, una nueva sociedad necesita del desarrollo de nuevas formas de producción, intercambio y organización empresarial, y un sector social emergente vinculado a ellas, como en su momento lo fue la burguesía y luego el proletariado, pero que en el contexto del mundo actual y de sociedades complejas, especialmente las dependientes, su identificación se presenta menos clara, por las limitaciones del propio desarrollo de las fuerzas productivas.

Sin embargo, esto ya existe incipientemente en nuestra sociedad, pues se han venido desarrollando bajo diversas formas las empresas sociales: comunitarias, autogestionarias, cooperativas, de la mano de productores autogestionarios que son a la vez trabajadores y copropietarios. Sin embargo, esto es invisibilizado por el sistema vigente. O peor aún, es cooptado por el mismo bajo la mentalidad empresarial que fomenta que estos emprendimientos se transformen en empresas capitalistas. A este sector social le hace falta un componente ideológico que le haga tomar conciencia de la importancia que tiene ser productores organizados en forma libre y con criterios igualitarios, pero que su proyecto requerirá, tarde o temprano, la transformación de la sociedad y del Estado bajo la idea de que la libertad no es posible sin la igualdad, que está requiere necesariamente de la libertad y que debe asumir la responsabilidad de preservar el planeta para las futuras generaciones.

Adicionalmente, surgen desde las universidades y desde la creatividad individual y grupal, más que desde las grandes empresas capitalistas, dependientes de la tecnología del primer mundo, emprendimientos tecnológicos que apuntan a mejoras productivas y sociales. Pero los nuevos desarrollos productivos y los emprendimientos tecnológicos no están en contacto y se mueven al parecer en mundos diferentes, lo que es preocupante porque los procesos de transformación social se han dado cuando los cambios de las formas productivas se han servido de nuevos desarrollos tecnológicos que los ha potenciado, volviéndose necesaria la vinculación entre estos dos mundos.

En esta amplia realidad deberíamos poner nuestra mirada, así como en la masa de trabajadores explotados, en los desempleados y en los subempleados, es decir en la mayoría social perjudicada por el sistema imperante, a fin de analizar nuestro papel y compartir formas asociativas y operativas logiales, para en conjunto con miembros de estos sectores generar nuevas ideas y propuestas, así como los hicieron los ilustrados y los burgueses del siglo XVIII en logias de la época, desde las cuales propagaron las concepciones liberales y generaron diversas formas asociativas masónicas y para masónicas que actuaron operativamente al servicio de la sociedad

En efecto, las logias masónicas del siglo XVIII fueron vehículo para la toma de conciencia y organización de sectores emergentes burgueses que difundieron las ideas ilustradas y ello incidió en la trasformación de la sociedad bajo la idea de la libertad. Tres siglos después, las logias masónicas que quieran asumir una posición de vanguardia equivalente a las de aquella época, deberían imponerse un reto similar, pero acorde a los nuevos tiempos, constituyéndose en vehículo para la toma de conciencia y organización de nuevos sectores emergentes y sectores populares de la sociedad, que puedan jugar un papel protagónico en los procesos de transformación que se requieren, para con ellos formular propuestas para la construcción de una nueva sociedad y difundir dichas ideas progresistas.

Pero además, las logias deben analizar la vigencia, o no, de su naturaleza y métodos, pues el papel difusor de ideas hoy lo desempeñan medios masivos de comunicación y algunas redes sociales, aunque algunas de ellas, o su uso, están degradados por la superficialidad que el sistema y ellas mismos propician, lo que hizo que el filósofo, semiólogo y escritor Umberto Eco los criticara con suma dureza al afirmar que:

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de imbéciles que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la colectividad. Ellos eran silenciados rápidamente, mientras ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”. (Eco, 2015).

No considero que el problema radique en la existencia de legiones de tontos, sino en un esfuerzo de idiotización que promueven los medios masivos y en el contexto inadecuado que brindan algunas redes sociales para el análisis de temas serios. Sin embargo, ellas son útiles si son bien utilizadas, pero no suplen a las logias, a lo sumo las complementan. Esto implica que aún en la hora actual pueden tener vigencia o resultar necesarias las logias, en cuanto ambientes que propicien la profundización de la información, su análisis crítico y la vivencia de algunas ideas y principios, lo que se potencia al hacerlo en un entorno fraternal para la formación democrática. Por tanto, valorar, analizar y actualizar este contexto puede ser un reto para las actuales logias liberales y progresistas, las que podrían cumplir papel similar al que tuvieron algunas logias masónicas del Siglo de las Luces.

Para ello, las formas masónicas organizativas y educativas que han sido probadas en distintos ámbitos, incluso obreros, como ya lo mencionamos antes, se deberían ampliar actualmente a sectores emergentes y populares para su formación, organización, reflexión y acción, lo que convendría se realice evitando los errores señalados por nuestro hermano Pedro Saad al referirse a los periodos de cambio revolucionario, y que se inscriba en una estrategia clara, que los masones solemos expresarla como la respuesta a la pregunta “¿a dónde vamos?”.

No hacerlo es no solo evadir la realidad, una realidad injusta, sino también ser inconsecuentes con nuestros principios, los que no existen para recitarlos sino para aplicarlos.

Libertad, Igualdad, Fraternidad.

REFERENCIAS

Delfau, G. (2016, enero 27). La laicidad, fundamento de la convivencia republicana. Observatorio del Laicismo – Europa Laica. Disponible en https://laicismo.org/2016/la-laicidad-fundamento-de-la-convivencia-republicana/140884

Eco, U. (2015, junio 10). Citado en Umberto Eco: “Con i social parola a legioni di imbecilli”. la Stampa. Disponible en http://www.lastampa.it/2015/06/10/cultura/eco-con-i-parola-a-legioni-di-imbecilli-XJrvezBN4XOoyo0h98EfiJ/pagina.html (Traducción libre).

Fernándes, R. (2011, mayo 2). El Gran Oriente de Francia y la Comuna de París. Blog Memoria Masónica. Disponible en http://memoriamasonica.blogspot.com/2011/05/el-gran-oriente-de-francia-y-la-comuna.html

Guerra, V. (2016, junio 15). Las «Logias Obreras» en Asturias. La Logia El Trabajo de Trubia 1872-1892. Ponencia presentada en el simposio de Centro de Estudios Histórico de la Masonería Española (CEHME) celebrado en Gijón en 2015 [Disponible en cuatro partes en el Blog Masonería en Asturias a partir de http://www.asturmason.net/2016/04/logias-obreras-el-trabajo-de-trubia-1.html]

Hobsbawm, Eric. (2009). La era de la revolución 1789-1848. 6ª edición, 1ª reimpresión. Buenos Aires: Planeta.

Mollès,  D.  (2015). La  invención  de  la  masonería.  Revolución  cultural: religión, ciencia y exilios. La Plata – Buenos Aires: Editorial de la Universidad Nacional de La Plata (EDULP). Disponible en https://goo.gl/R4qyIJ

Muñoz, J. (2010, julio 29). La Revolución Francesa. Academia Francmasónica Ecuatoriana. Disponible en https://academiafrancmasonicaecuatoriana.wordpress.com/2010/07/29/la-revolucion-francesa/ 

Saad, P. (1985). ¿Hacia cuál operatividad? Inédito.

 

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