Por Guillermo Fuchslocher

Resumen: En este artículo, su autor cuenta que conoció en logia al recientemente fallecido hermano Alejandro Sigüenza hace 36 años y relata recuerdos fraternales, como la gestación de la logia Voltaire en la farmacia del hermano Alejo Sigüenza, a quien caracteriza como un buen hijo, esposo, padre, abuelo, hermano, amigo, ciudadano, profesional, hombre culto y comprometido con el cambio social y las grandes causas de la humanidad, lo que considera fue producto de la conjunción de sus orígenes (terruño y familia) con la formación masónica, tema que desarrolla a partir del contexto de su iniciación en un entorno masónico conservador, pero influido por hermanos progresistas, y toma como referente la metáfora masónica primitiva para narrar desde la cantera de donde provino, citando palabras del propio hermano fallecido, hasta el proceso formativo masónico, primero en el taller de desbaste, que gracias a las influencias recibidas no solo fue ético individual sino de preocupación por el entorno y librepensador, lo que fortaleció su pensamiento materialista, agnóstico y ateo, y posteriormente se concretó masónicamente en la fundación de las logias Espejo, de Rito Francés, y Miranda, de Rito Primitivo. Luego destaca el aporte formativo del segundo grado, en el que se sustentó su actividad multidisciplinaria y su aporte social e intelectual; el tercer grado, con su preocupación de trascendencia sociopolítica; y complementariamente su pertenencia a los sistemas de grados colaterales Escocés, Francés y Primitivo, pero alejado del carácter vanidoso y evasivo de la realidad social que suele aquejar a estos grados. Concluye que su trascendencia fue producto de su acción basada en su formación, la que se muestra en su pensamiento y en el recuerdo de su vida.
Conocí a Alejo Sigüenza en 1980, cuando me inicié en la Logia Luis Vargas Torres. Entonces él era un hombre de mediana edad plenamente vital. Y esos días estaba especialmente animado con la iniciación –una semana antes– de su hermano menor Efraín, quien después de que lustros atrás le había hecho sufrir lo indecible con el propósito de hacerse cura, por fin le había dado la satisfacción de hacerse masón y en su misma logia.
Como esta diferencia de tan solo una semana entre la iniciación de Efraín y la mía nos convertía casi en “gemelos” en la columna de aprendices, Alejo me trató como otro hermano menor y así nació nuestra amistad, la que se afianzó cuando empecé a frecuentar la Farmacia Hispana, de su propiedad, y frente a su mostrador, o en la “re-botica” -nombre que dábamos a la trastienda de la misma-, nos reuníamos varios hermanos, con los que usualmente íbamos a almorzar en un restaurante al que llamábamos “Logia Italia”, pues las tertulias fraternales sobre temas masónicos y sociales que allí se desarrollaban parecían verdaderas tenidas por lo valiosas e instructivas que resultaban.
Con los años, en aquella “Logia Italia” se forjó la Logia Voltaire, principalmente gracias a Alejo, Julián Arquero y sus demás fundadores, de los que entiendo seguimos como masones en activo Jaime Muñoz, Pablo Granja, Fernando González y yo. Pero lo importante es que la Voltaire fue concebida como un taller crítico, laico, librepensador, comprometido socialmente, contestatario, a imagen de su patrono y de sus fundadores y como lo han sido posteriores integrantes.
Recuerdo desde entonces a Alejo como un hombre bueno y bondadoso, pero además como hombre de acción, impetuoso y vehemente, al que con los años lo vi ganar en reflexión y sabiduría, sin perder su apasionamiento. Y ahora, 36 años después de haberlo conocido, y penosamente luego de su fallecimiento, soy consciente que era un buen hijo, esposo, padre, abuelo, hermano carnal y masón, amigo, ciudadano, profesional, hombre culto y comprometido con el cambio social y las grandes causas de la humanidad. Y también soy consciente que esto era producto de una afortunada conjunción entre sus orígenes -su terruño y su familia-, con su formación masónica.
Alejo fue recibido masón en un entorno logial en el que en esa época -la década de los años 70 del siglo XX- confluían, por una parte una fuerte herencia conservadora y por otra parte unos vientos de renovación masónica. Así, pese a que fue recibido y trabajó masónicamente siguiendo el antiguo ritual del Rito Escocés, el que respondía a concepciones tradicionalistas, considero que su real proceso formativo masónico, influido por algunos hermanos heterodoxos en la materia y de izquierda en lo ideológico-político, como el mismo, siguió la metáfora masónica primitiva del proceso de edificación de una obra arquitectónica, que comienza con la búsqueda de los materiales adecuados para la obra, es decir piedras de especial calidad y fortaleza, las que representan a los candidatos a la recepción masónica, habiendo sido uno de ellos Alejo.
Pero cabe preguntarse ¿de qué cantera provenía esta piedra fuerte, de especial calidad, considerada adecuada para la construcción?
Alejo nació el 10 de noviembre de 1934 en Chordeleg, a la época un bucólico pueblito de la campiña azuaya, en el que entonces imperaban fuertes valores familiares y de solidaridad, aunque con los años se dolería de la paulatina pérdida de los mismos. En su obra “Relatos azuayos del ayer” (2012), recuerda su pueblo en sus lugares de gran belleza y quietud; en el amor de su papá Benigno, su mamá Rosita, su hermano y hermanas, familiares, amistades y viejos maestros y vecinos, en diversas anécdotas que muestran, entre otros, el sentido solidario de la gente del campo, expresado, por ejemplo, en arduas mingas de tejido de sombreros de paja para ayudar a quien lo necesitase. Alejo recordaba: “Se vivía en el pueblo en una franca hermandad. Cuando alguna familia sufría cualquier tipo de catástrofe todo el pueblo acudía en su auxilio.” (27-28). Estos orígenes, valores y espíritu campesino, Alejo nunca los perdió, lo que narró en estos términos, al recordar su época de estudiante en Quito:
“No toleraba en la ciudad ni un día más que el requerido, y luego del último examen me embarcaba a mi Cuenca, a mi Chordeleg, a pasar con mis familiares, cerca de mis amigos de la escuela, de esos personajes simbólicos, en una infinidad de sentidos, que solamente puede producir la ingenuidad de los pueblos. Una ingenuidad que supone no contaminación con la corrupción, la competencia, la malicia, la traición, el engaño. Pero por otro lado, sí la aguda inteligencia; la habilidad para resolver problemas; el más grande cariño por el ser humano, plasmado a veces simplemente en el saludo cordial; el respeto casi reverencial por la naturaleza, por la montaña, por el río; el amor ancestral a la Madre Tierra, que gracias a su cultivo afanoso proporciona el sustento diario.
“Los meses de vacaciones anuales y los días de las vacaciones cortas por Navidad y Semana Santa corrían vertiginosamente. Faltando pocos días para que terminasen, el sufrimiento interior agobiaba el alma con la presencia imaginaria de la ciudad, los buses, el ruido, las distancias, las exigencias de la casera, las clases tan largas y aburridas, miles de seres anónimos corriendo atrasados a sus oficinas, sus ministerios, sus talleres. Pero ya en la realidad, había que afrontarla con valentía si se quería salir adelante para la preparación del intelecto y del carácter. Y en pocos días me tornaba citadino, igual que todos los años, como que no hubiese pasado nada…” (Sigüenza, 2012, 5-6)
Sin duda, Chordeleg y su familia constituyeron la cantera de valores humanos de la que provino esta piedra.
Y continuando con la metáfora constructora primitiva, cuando una piedra es considerada adecuada para la obra, se la somete a la prueba de los materiales y, si la aprueba, se define su destino dentro de la construcción. En el caso de Alejo, probado y admitido en nuestro Antiguo Gremio, definió su destino en la obra masónica sobre la base de su esencia personal y de la circunstancia social. Esta “circunstancia” era de la misma naturaleza que aquella de la que José Ortega y Gasset, al afirmar en sus Meditaciones del Quijote (1914) “Yo soy yo y mi circunstancia”, dijo de la misma “y si no la salvo a ella no me salvo yo” (43-44), concepción similar a la que en la francmasonería primitiva se conoce como la “relación entre los materiales y la estructura”, de la cual deriva la “actitud masónica” de necesaria inmersión en el medio, lo que constituyó bandera de lucha de Alejo y de otros hermanos, en contraste con una tendencia masónica evasiva de la realidad, a pretexto de un apolitismo que muchas veces solo encubre conservadurismo. Fueron esa circunstancia, la autoformación de Alejo y la camaradería con otros hermanos librepensadores y progresistas, los factores que, en mi criterio, determinaron su destino masónico, que él lo fue avizorando y recorriendo.
En su proceso formativo del primer grado masónico, Alejo trabajó metafóricamente en el taller de desbaste con el propósito de pulir la piedra en bruto de su personalidad y de conocer y analizar las costumbres de los pueblos, para asumir con plena conciencia la actitud de tolerancia y desarrollar el librepensamiento allí donde alguna vez moró el dogma.
Pero este fue un proceso en el que la liberación de las ataduras mentales que brinda la ciencia y la reflexión en lugar de las creencias, se conjugó necesariamente con la práctica de la tolerancia, pues debió armonizar un entorno familiar muy religioso, incluso con hermanas monjas –a las que quería entrañablemente–, con el pensamiento materialista, agnóstico y ateo que fue desarrollando desde joven y afianzó en los salones logiales, especialmente con su pertenencia desde 1994 a la logia Eugenio Espejo de Rito Francés o Moderno, de naturaleza laica y a-dogmática, y desde 1998 a la logia Francisco de Miranda, de Rito Primitivo, de naturaleza librepensadora y anti-dogmática.
Esta fue su formación de aprendiz de toda la vida masónica, debida fundamentalmente a influencias, reflexiones y muchas lecturas. Recuerdo que en los años 80 una sus preferidas era una obra del Gran Maestro de la Gran Logia Valle de México Alfonso Sierra Partida, de quien citaba con gusto una anécdota de cuando en un acto público le cuestionaron su supuesto ateísmo y el contestó “Dios existe …en la mente de los hombres …al igual que las sirenas y los centauros”. Con este tipo de lecturas y pensamiento masónico, iba a contracorriente del Rito Escocés de entonces, en el que de aquella máxima desfasada de “trabajar, obedecer y callar”, cumplió lo de trabajar, y con el máximo empeño, pero no obedeció ni calló lo que estuviese en contra de su conciencia y de sus principios. Y lo hizo con frontalidad y cortesía, en varias ocasiones, de palabra y por escrito, planteando su punto de vista al Gran Maestro de turno, sobre temas como la absurda ausencia de la mujer en el trabajo logial, la necesidad de relaciones con otras grandes logias no condicionadas a que para tenerlas con unas había que no tenerlas con otras, la defensa de la soberanía logial, y la de la libertad de expresión y del carácter absolutamente laico del Rito Francés.
Los otros grados simbólicos fueron el remate y tarea permanente de su vida.
Así, de la formación de segundo grado grabó en su conciencia, a manera de mandato, aquel proverbio latino del año 165, que constituía máxima preferida de Carlos Marx: “Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno”, expresión de Cremes en la obra “El atormentador de sí mismo” del dramaturgo latino cartaginés Publio Terencio, el Africano. (Terencio, 1991, 39)
Esto seguramente influyó para que, al contrario de la tendencia a la especialización, los campos de interés de Alejo fueran variados. Y sus acciones y sus palabras, de las que nos quedan sus escritos, muestran su preocupación por el conocimiento de lo humano en distintos campos, pues Alejo fue químico, farmacéutico, gremialista, docente, poeta, “escribidor” como él mismo se calificara, narrador y ensayista, editor, gestor y promotor cultural, músico, compositor, cantor…
Bastaría decir . . .masón.
Se desempeñó como director departamental de un prestigioso laboratorio farmacéutico y también como profesor secundario, y esta doble experiencia le sirvió cuando fue Director Nacional de Educación Preventiva del uso indebido de drogas y miembro del Comité Ejecutivo del CONSEP. Pero seguramente fueron sus dotes de poeta el punto de partida de su vocación por la cultura, lo que lo llevó a ser Asesor de la Subsecretaria de Cultura, Director de Promoción (cultural) de la Secretaria Nacional de Comunicación Social, Coordinador General de la Subsecretaria de Cultura, Presidente del Comité Editorial del Sistema Nacional de Bibliotecas, Director Ejecutivo del Programa Nuevo Rumbo Cultural, Secretario Permanente de la Comisión para el otorgamiento de la Condecoración Nacional al Mérito Cultural, Coordinador del Premio Nacional Eugenio Espejo, en varias ocasiones Subsecretario de Cultura Encargado, Presidente del Comité Ejecutivo del Consejo Nacional de Cultura y Subsecretario de Cultura titular. Cuando le manifestaban extrañeza porque un químico estuviese dedicado a la gestión cultural él les recordaba que otro químico, Federico Mayor Zaragoza, fue Director General de la Unesco. Pero Alejo no abandonó la química ni la farmacia, desde la responsabilidad profesional y formativa frente a clientes y colegas, lo que se manifestó especialmente cuando fue Presidente del gremio de Farmacias de Profesionales Farmacéuticos y en su propuesta de Código de Ética Farmacéutica.
Y sus preocupaciones de diverso tipo afortunadamente las plasmó en sus escritos, trazados masónicos y sus obras. En los setentas publicó algunos cuentos y poemas en diario El Comercio. En los 80 colaboró con algunos artículos en la obra colectiva de la Logia Voltaire, “Desde el Andamio, 33 artículos masónicos” y fue coautor de “Cuentos bajo la lluvia”. En los noventas preparó los “Cuadernos de Educación Preventiva”, para evitar el consumo de drogas por parte de la juventud. Y a partir de esa misma década, y durante el nuevo siglo, publicó algunas de sus planchas más acogidas, como “Luis Vargas Torres, cuando los liberales florecían”, “3 de Noviembre de 1820, Independencia de Cuenca”, “Notas sobre Laicismo”, “Mahoma, Islam y 11 de septiembre”, “Francisco María Arouet, Voltaire”, “Chordeleg, paraíso perdido” y también sus libros “Relatos azuayos del ayer”, “Cuadernos del Tiempo” y “Pluma y Guitarra”, en el que incluyó varios de sus poemas y canciones, entre ellas las dedicadas a Cuenca y a Quito, las que en muchas reuniones cantaba con alegría. Algunas de sus planchas tuvieron gran impacto y generaron polémica, como su análisis sobre los Antiguos Linderos, y otras se han convertido en piezas clásicas que han mantenido su vigencia pese al transcurso de los años, como las que escribió sobre Vargas Torres, Voltaire, Eugenio Espejo, Laicismo y sobre Historia de la Filosofía. Pero también sus escritos expresan el recuerdo y el dolor por la partida de familiares y hermanos queridos, fundiendo pensamiento y sentimiento en páginas que conmueven, al recordar a su tía Aurelia, a su hermana Inés, y a sus -y nuestros- queridos hermanos Efraín Sigüenza y Miguel Sánchez.
El tercer grado masónico es el de la trascendencia, la que en más de una masonería llama a la acción en la sociedad e implica una preocupación política, en el más alto sentido de la palabra. Y esto supone, o debería suponer, una seria formación ideológica.
Alejo perseveró desde joven en el conocimiento, adhesión y práctica del ideario socialista, socialista sin adjetivos ni aclaraciones que muchas veces lo desvirtúan, simplemente socialista, pues si el socialismo no es democrático, no está a tono con el espíritu de los siglos y no persigue utopías, no es socialismo. Pero su socialismo no consistía en un membrete, sino en una concepción que considera que la erradicación de la explotación del hombre por el hombre es la condición para la construcción de una sociedad libre, igualitaria y fraterna. Pero, por sobre todo, su convicción socialista implicó una contradicción dialéctica interna de la que surgió un esfuerzo difícil pero constante por ser diferente, por convertirse en el hombre nuevo que se prepara para la consecución de una nueva sociedad, coincidiendo en esto masonería y socialismo, como nos lo hizo ver en los ochentas, en la Vargas Torres, Antonio Vergara cuando era Primer Vigilante.
Y en las logias en las que Alejo trabajó asumió diversas responsabilidades, destacándose el haber sido motor de la fundación y segundo Venerable Maestro de la Logia Voltaire, y años después cofundador y fuerte impulsor de la Logia Eugenio Espejo y del Rito Francés y de la Logia Francisco de Miranda y del Rito Primitivo.
Y además de los tres primeros grados, que son acumulativos y nunca se abandonan, también experimentó los grados colaterales de diversas masonerías, llamados así porque no son superiores, aunque se les designe con numeraciones más altas, sino que son complementarios, constituyendo especializaciones vocacionales que siguen un camino paralelo. Pero Alejo tenía claro que los grados masónicos, especialmente a partir del de maestro, desgraciadamente se desvirtúan cuando sirven para ensimismarse en la teoría evadiendo la acción en la sociedad, y cuando fomentan los egos inflados, vanidosos y superfluos.
Alejo, plenamente consciente de estas desviaciones, con su accionar trató de darles el verdadero sentido que consideraba tenían, porque experimentó y trabajó en tres sistemas de grados colaterales: el escocés, el francés y el primitivo, llegando en todos ellos a niveles muy altos: Grado 32 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado; Quinto Orden en el Rito Francés o Moderno; y Grado 9 y último de la Francmasonería Primitiva, en el que su nombre simbólico recordaba a sus padres: Benigno de la Rosa. Estos grados y ritos le brindaron la formación y el estímulo a la reflexión y a la acción en una variedad de materias y campos, desde la superación del mito bíblico hasta la formación laica, democrática y librepensadora, y la preocupación socio-política. Y en dos de ellos desempeñó importantes responsabilidades: Presidente del Soberano Capítulo “Escuela de la Concordia” del Rito Francés o Moderno y miembro de número del Supremo Consejo de la Academia Francmasónica Ecuatoriana de Rito Primitivo. Pero estos grados y responsabilidades nunca fueron para él motivo de vanidad u ostentación, pues los asumió con modestia, como oportunidades formativas y de acción, y generalmente lo vimos llevando tan solo su viejo mandil de maestro francés.
En suma, Alejo Sigüenza fue hijo de su momento histórico, de su terruño, de su familia y de la francmasonería. Durante su vida conjugó el estudio con la aplicación de la teoría a la praxis, brindando a los demás lo mejor de sí, de su esencia, su formación y sus convicciones, lo que pudimos apreciar quienes lo conocimos, lo tratamos y tuvimos la satisfacción de llamarlo “mi querido hermano”, hasta que ahora lo tenemos presente en nuestras mentes, en los pensamientos que nos legó y en los recuerdos, porque a la final se hizo realidad su anhelo de trascendencia.
Una rama de acacia en tu memoria, mi querido hermano Alejo.
Referencias
Ortega y Gasset, José. (1914). Meditaciones del Quijote. Madrid: Publicaciones de la Residencia de Estudiantes. Disponible en Archive.org, colecciones University of Toronto, Robarts Library, Canadian Libraries. https://ia600309.us.archive.org/23/items/meditacionesdelq00orte/meditacionesdelq00orte_bw.pdf
Sigüenza, Alejandro. (2012). Relatos azuayos del ayer. Quito: Pentalpha.
Terencio, (1991). Comedias. El Heautontimorúmenos – Formión. Texto revisado y traducido por Lizardo Rubio. Volumen II. 2ª edición. Madrid: C.S.I.C. Disponible en Google Books. https://books.google.com.ec/books?id=jywkfsVzHfgC&lpg=PP1&hl=es&pg=PP1#v=onepage&q&f=false